Que el pueblo sea el mismo, parecido al menos
para que la
leyenda encuentre su encaje
lo buscarás con
el índice sobre el mapa y te costara
lo suyo aprender
su estúpido nombre
de recuérdamecuandoestésencasa
y supe desde
el principio que podrías hacerte pasar por uno
de ellos lo
meditabas así, en pie desde la barca
acercándote
a la orilla sur lentamente
tienes más
de diez minutos para ver
cómo se
crecen las figuras enfermas que te observan desde
tierra
firme, su tiempo del que no hablan
sus lluvias
que no quieren
malgastar
con extraños
eso es todo
lo que recibirás en dos semanas
apenas dos
de ellas para que averigüen
que no eres
de río
que eres un
farsante
que no hay
rápidos de clase siete
y que no te
has perdido
que eres uno
que huye y temen
un ladrón,
un asesino, algo peor quizás
alguien que
sacará a pasear con correas
aquello que
más amen
uno que
buscará al que renta botes
(Santos, siempre se llama Santos) y
cuando ponga un precio más alto
del que
sospecha que puedes pagar
le matarás
tendrás que
hacerlo
no tengas la
menor duda
estamparás
su cabeza contra el suelo
como un
melón en un descuido
y enseñarás
los dientes
de sonrisa y
descaro
en el
siguiente pueblo
aunque te
vean acercar lentamente
achicharrado,
con los labios en
carne viva
animal
herido sonriente
eso sí,
nunca hay
que perder
la
compostura
llegarás
huyendo con tu prisa lenta
con el
manual de venganza cotidiana
casi
perfeccionado
alimentando
la leyenda
y la
pesadilla literaria
de boca en
boca
como tantas
veces
he intentado
describirte
a dos
columnas
y un dibujo de lo que sería
tu espalda
al mundo.
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