Arde de buena mañana
Adiestra ciertas horas del día
Para la inutilidad sosegada
Es un buen hombre, padre moderado
Que se rasca la nuca frente a una contemplación numérica
La abstracción de la programación ordenada
Pero el resto del día
Al quedarse solo se piensa en tercera persona
No es la soledad
Son sus manos, su agriado estómago su curvatura
Malforme de la espalda la que crea monstruos
De hoy en día
Figuras a las teclas sudorosas que maldicen
Que se corromperían delante de cualquier oportunidad
Sólo por demostrar que somos poco
Y menos
Arde en un cinismo cincelado en el estético
Agnosticismo del que no tiene demasiado tiempo
Para darle vueltas al gran misterio de ahí fuera
De sí mismo
Farfulla, se muerde la lengua, odia sin molestar
Entre vagones, en los parques donde las horas se mueren
abandonadas
Se ahoga la lengua de sol en las cortinas, en su cuello
Los domingos que debe abandonar el sótano
Hasta nueva orden
La orden es escribir
Hasta que todos marchen
Y seguir de por vida
Arde en ese crisol de porcelana y papeleo
De cuatro paredes
El cuarto al que llama casa
La que fue
La que siempre será
Aunque ahora la pisoteen críos
Una ella dueña de ellos dueña de todo
Objeto admirable orientado a empequeñecernos
A ser más ricos más bajitos y necesitados
Más adorno de carne para que seamos atrezzo de lo inerte
Arde todo objeto
Abre las ventanas airea
El cuarto
Me obliga a llamar a mi madre
A mis sobrinos
Son fiestas en el pueblo
Mi voz al teléfono es de otros
Porque llamo por obligación
Cambiamos las sábanas
-Dios mío, ese olor. ¿Es que no te das cuenta?
Me doy cuenta, claro que me doy
Arde la estancia mis tazas de café alineadas
Como cactus satirizando la arboleda
del camino al baño
arde todo pero no las bestias
que me esperan tras la puerta
Esas son mías y yo suyas
De ellas se saca la grasa
Que se templa en crisol de insomnio
De uno mismo y más de lo uno
Se apartan entonces los restos
Con dos dedos
Cenizas, una pastaza que las recubre
Que deben destilarse con sumo cuidado
lo imaginario, la mentira histórica
la rima, el cuento corto
que me digo a diario
todo deshidratado y soluble
que debe añadirse al café
remover a cucharilla escandalosa
y tragar sin pensarlo
tragar sin tenerse demasiado en cuenta
qué somos y qué no seremos nunca
nunca
dentro del poema
porque de alguna manera
su deber es mantener maldito de por vida
al lector.