
Adoro, o quizás adoraba
a esas mujeres violentas escrupulosas sólo
para la higiene
descontentas dispuestas a que lo paguemos caro
muy, muy caro el resto de nuestros días comunes
obscenas princesas sin casta indispensables
para acabar malheridos y culpables
por un deseo atrofiado debido al cansancio
silencios eternos durante el día
y los gritos, los arañazos para la noche
veinticuatro horas de una enfermedad terminal
llamada
ne-ce-si-dad deletreada para hacerme sentir
es-tú-pi-do
delgadas hasta el filo de volvernos ajenos
acabábamos por los suelos maldiciendo
el no estar solos nunca más
mi nausea desnuda
nuestra constitución diaria de cadáver para el sexo
de enfrentamiento abierto al mundo
de alcohol temprano
- nunca probaba ni gota de agua-
la última noche en la que fuimos sinceros
con nosotros mismos
nunca con el de enfrente
intentó estrangularme
mientras huía a hurtadillas
porque ser franco
mostrarlo todo para disimular
como decía Eisenstein
me convirtió incomprensible
en un enorme secreto
apenas recordado en fotos.
